miércoles, 8 de junio de 2011

Un poco de ocio

Una mañana, Shaw estaba ocupado arreglando su jardín, cuando una vecina pasa por allí y le dice:
-          Buenos días Dr. Shaw, ¿trabajando?
-          No –responde Shaw- descansando.
Cuando por la tarde la vecina regresa a su casa y ve a Shaw otra vez en el jardín, pero esta vez meciéndose en una hamaca y fumando su pipa, le dice:
-          Buenas tardes Dr. Shaw, ¿descansando?
-          No –responde Shaw- trabajando.
Otro día, en otra historia y en otro libro, la cocinera y sirvienta, Nastasia, de la casera de un estudiante llamado Raskólnikov, al ver que éste desde hacía algún tiempo no hacía más que quedarse largas horas echado en su cama o nada más salía a caminar, le pregunta:
-          ¿Qué haces, a qué te estás dedicando?
-          Trabajo –contesta el estudiante.
-          ¿En qué? –vuelve a preguntar Nastasia.
-          Pienso –responde él, fastidiado.
Tiempo atrás, Descartes termina el Discurso del método, asegurando que estará más cerca de aquellos que le ayuden a disfrutar de su ocio que de aquellos que le ofrezcan los mejores empleos del mundo. Incluso prefiere el ocio a los honores, honores que además sabe su ocupación no le dará.
¿Y entonces cuál es el fin, la función, o si se quiere el rol que cumplen estas personas que dedican su vida al pensamiento, que llevan una vida contemplativa y para la que reclaman tranquilidad, alejamiento, de aquellos que llevan la descansada vida del que huye del mundanal ruido, de ese hombre que  sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios, entre ellos fray Luis de León, que en este mundo han sido? La primera impresión es que son unos seres despistados y decorativos, que de tanto mirar las estrellas se tropiezan al caminar, seres nada prácticos ni útiles. Hasta se llega a creer que innecesarios para la sociedad. Por ejemplo, Aristóteles fue preceptor de Alejandro de Macedonia, y seguramente sabemos más de este último, que conquistó todo el mundo conocido de su época, que del estagirita. De igual manera, en 1806, Napoleón invade Prusia, precisamente cuando Hegel terminaba su Fenomenología del espíritu. Y nos preguntamos, ¿en comparación con Napoleón, qué hizo Hegel? Podríamos continuar enumerando y enumerando casos en los que los pensadores quedarían como seres interesados sólo en su oficio, sus libros y su ocio, el disfrute de su ocio. Y mientras tanto, la vida real, no especulativa, se está realizando independientemente del los placeres intelectuales.
Pero, la necesidad de tranquilidad para el desarrollo del pensamiento, o de una vida contemplativa, no está desligada ni, mucho menos, reñida con la realidad. Es imposible desligar el pensamiento de lo real. Las premisas o hipótesis deductivas, para corroborarse, se deben contrastar con la realidad. Los datos que obtenemos de la realidad, en un proceso inductivo, pretenden interpretarla y convertirse en teorías.
Nuestra concepción de la vida –desde diferentes perspectivas (éticas, religiosas, estéticas, científicas, etc.)- es un conjunto de creencias. Como sostiene Isaiah Berlín, los asuntos que trata la filosofía, interesan porque se refieren a los supuestos sobre los que descansan nuestras creencias. Si nuestras creencias tienen ciertos fundamentos y la filosofía los analiza críticamente y puede llegar a cambiarlos, entonces cambiarán nuestras creencias y, por consiguiente, cambiará nuestra percepción de la realidad. Esto no significa si no, que el rol de los pensadores no es, ni tiene por qué serlo, visible (salvo algunos casos). El trabajo de la filosofía es, digamos, preparar el terreno en el que se realizarán cambios, en el que, sobre ciertas percepciones de la realidad, sobre ciertas creencias, ocurrirán hechos que tuvieron su origen en una meditación solitaria, una biblioteca, un un hombre, como Descartes, que al aislarse de los honores y cualquier otro tipo de trabajo, recorre aquellos supuestos que, con el tiempo, serán las bases de nuestras creencias.

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