Un insomne, más que aciago demiurgo, pasea por las calles de un pueblo de
los Balcanes, de noche e imposibilitado para el sueño, se venga del hombre y
del universo, injuria religiosamente a Dios, va minando la tranquilidad de los
durmientes y busca un solo pensamiento que sea capaz de derribar todo mediante
una escritura que, como los puños, destruya mandíbulas.
Es la imagen que se me presenta cuando pienso en Emil Michel Cioran quien,
de sus estudios de filosofía, de los cuales posteriormente renegaría, se graduó
con una tesis sobre Bergson. Estudió filosofía en Bucarest, graduándose con una
tesis sobre Bergson y a los veintitrés años gana el premio para jóvenes
escritores rumanos con su libro En las
cimas de la desesperación. Posteriormente consigue una beca para realizar
una tesis de doctorado en La Sorbona, tesis que nunca tuvo la intención de
realizar y, más bien, una vez conseguida, se dedicó a pasear por toda Francia
en bicicleta; hecho que, la fortuna ayuda a los audaces, le fue favorable pues
quien estaba encargado de renovar su beca, dijo que valía más pasear por toda
Franca en bicicleta, que hacer una tesis en Francia. Y no sólo paseó en
bicicleta, sino que también se paseó por todos los albergues para estudiantes
llevando una vida nómada, sin la capacidad del sentimiento de arraigo, de
pertenencia a algún lugar. Es así que Cioran consigue quedarse en la ciudad luz
renunciando a la ciudadanía rumana, pero sin adoptar la francesa. Optó por la
condición de apátrida. Su ciudadanía fue la lengua, patria que también
abandonaría algunos años antes de morir.
El caso de Cioran, “clínico” también como sus escritores favoritos
(Dostoievski), es el de quien escribe sobre la base de la experiencia. No por
gusto o afición prefería conversar con porteras de edificios, campesinos y
todas aquellas personas anónimas que tienen ya una visión formada y precisa de
la vida. Y de las experiencias de su vida, más que de las lecturas, que fueron
muchas, es que llegó a los pensamientos y conclusiones que lo definieron. Una
de esas experiencias fue cuando de joven y aún viviendo en Rasinari, entró a su
casa y gritó: ¡No puedo más!, para luego desplomarse sobre el sofá. Todo se le
había venido de golpe en el preciso momento en el que entraba a su casa. Todo,
es esa característica, o ese tono como él mismo dice, con el que nacemos, en su
caso, la lucidez (que llevada al extremo es la inacción). En el umbral de la
casa paterna, fue poseído por la sensación consciente y constante que le hacía
caer en la desesperación, y la lucidez de saberse perdido en el mundo y de
saber que el mundo estaba perdido. Y de bruces sobre el sofá, escuchó las
palabras que le liberaron, su madre, que había escuchado el grito, le dijo: “de
saber que sería así, te hubiera abortado”. Suficiente. Esas palabras, en lugar
de derribarle, de hundir la desesperación de un adolescente sobre un sofá,
fueron más bien liberadoras. La posibilidad de no haber existido, es el
consuelos que puede hacer soportable la vida. Lo mismo que el suicidio, la sola
idea de saber que en cualquier momento uno puede matarse, permite vivir. Es la
idea de la muerte, el tener conciencia de ésta, la que permite continuar.
Y ese efecto de tranquilidad y liberación es el que produce su lectura, y
en él, la escritura. El escribir es liberarse, es verdad, una ida que en Cioran
significa cerrar las puertas con lo que piensa o siente. Cioran lleva al
extremo el punto V del decálogo de Onetti, escribir “siempre para ese otro,
silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar”.
Entonces, mientras se escriba sólo para uno, para purgarse, se es libre,
mientras no sea así, se es literato. Escribir es destruir el pensamiento y
destruirse uno mismo, el escritor, en ese sentido, se va agotando en su
escritura; por eso para él, sólo los que no producen y lo acumulan todo, son
interesantes, pues los que producen, se vacían. Para Cioran, el libro es una
herida y debe trastornar al lector. Si un libro no consigue eso, no vale la
pena.
Cioran se alejó de la filosofía porque no encontró más que tautologías, por
muy brillantes que sean, incompatibles con la vida, con Shakespeare, con Bach y
Job; con la mística y la música. La racionalización de la vida, la sutileza de
pensamientos tan complejos, que caben, como no y con toda su belleza y encanto,
en la punta de un alfiler, esa es la filosofía, su especialización, una
especialización que queda disminuida ante la inmensidad de la música.
Para él, sólo se puede vivir después de la filosofía y la vida es
discontinuidad, se da por sus cortes, por el constante empezar y acabar algo y,
por tanto, el insomnio es la negación de la vida, la visión negativa de la vida que, además del insomnio,
viene por el aburrimiento, por el tedio: que son la conciencia del tiempo. Y
tener conciencia del tiempo lleva a la lucidez que es la sensación de la nada.
Desde esta perspectiva, el pensamiento no condiciona ni forja, es el hombre
quien lo hace. No son las lecturas las que forman la manera de pensar, es el
cómo piensa alguien, su tono, lo que hace que se acerque a ciertos tipos de
lectura, que no hacen más que confirmar ese cómo. El tipo de pensamiento que se
tenga y plantee depende de la naturaleza de quien lo elabore. Se nace con una
naturaleza que condiciona todo lo que se haga. El caso de Cioran, del discípulo
de Job, es de quien nació desengañado, insatisfecho, desilusionado; no fueron
el mundo, el hombre, el universo, ni todo aquello que atacó, los que le
formaron. Él sólo vio desde su perspectiva y narró, con una prosa impecable y
seductora, todo aquello que la costumbre enmascara y hace ver como normal y
cotidiano. Esta prosa se expresa y exhala mejor su “veneno” mediante el
aforismo (negación de los sistemas). Cioran sólo escribe las conclusiones de su
pensamiento, no el proceso que conduce a él, el proceso es para los académicos,
los exégetas. Y no podía tener otro medio de expresión quien es enemigo de los
sistemas filosóficos, ya que éstos intentan abarcarlo y explicarlo todo, y no
pueden contradecirse, aspecto que los hace engañosos, pues la vida, y por
consiguiente todo lo que en ella hay, es contradicción.
A Cioran se le ha acusado de seducir a sus lectores hacia el fatalismo, el
suicidio, el cinismo y el pesimismo. Lo que no es cierto. Cuando uno le lee,
ocurre todo lo contrario de lo que se le critica, es una catarsis. Cioran se
atreve a decir y publicar todo aquello que espanta pensar, todo lo que se posterga,
aquello que no hay atrevimiento para reconocer, nos pone frente a un espejo en
el que vemos reflejado todo el pasado y el sentido de la humanidad. Con él nos
encontramos ante el Génesis y la idea de la caída.
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