domingo, 19 de abril de 2015

Erasmo de Rotterdam y la voz de la cordura


En la Edad Media se creía que la locura era causada por una piedra que, al igual que los cálculos renales en los riñones, crecía en la cabeza. Era una piedra, puesta allí seguramente por el maligno, la que causaba el mal. Así que había especialistas, médicos, charlatanes en realidad, que viajaban operando, y en público, a los tocados por la locura. Con una incisión en la frente y un veloz juego de manos, “extraían” y mostraban la famosa piedra. El Bosco, van Hemesen y Breughel el Viejo, han pintado este acto sádico y morboso que era la operación para extirpar la piedra de la locura.

Vista desde la religión, la ética o la jurisprudencia, la locura ha tenido una larga historia de malos entendidos y ha sido víctima de injusticias, aislamientos y encierros; y vista desde la medicina, pero siempre bajo la mirada de las tres anteriores, ha sido, y es, de difícil comprensión. Es lo desconocido, lo inexplicable, aquellos mecanismos en el hombre que no se sabe cómo ni por qué funcionan así.

¿Pero qué pasa si nos detenemos un momento y escuchamos a la locura? ¿Tendrá algo que decirnos? Pues Erasmo de Rotterdam (28 de octubre de 1466- 12 de julio de 1536), no sólo se animó a escucharla, sino a escribir, y en una semana, la idea se le ocurrió viajando de Inglaterra a Italia, un libro exquisito e irónico, muestra de hábil retórica, precedido de una carta a su amigo Tomas Moro, el famoso Elogio de la locura (1509). Erasmo de Rotterdam, “el príncipe del humanismo”, dejó los hábitos agustinos para dedicarse a la vida intelectual; pero sin alejarse de las creencias religiosas. Una de sus afirmaciones caracteriza el modo en que llevó su vida: “Cuando tengo dinero compro libros, si queda algo, comida y ropa”. En ese orden. Erasmo tuvo que transitar su vida intelectual por un camino complicado, pues tanto luteranos como católicos, conocedores de su capacidad, lo reclamaban unos como el representante que lleve su verdad y otros como su defensor. Lo cual, sabiendo evitar ponerse de un lado como sus finos juegos retóricos, le granjeó no pocos enemigos de ambos lados. Nunca se conoció personalmente con Lutero pero tuvieron una disputa por “el libre albedrío”, Erasmo planteó su postura al respecto –el hombre necesita de la fe y debe conciliarla con la libertad que le da su razón para actuar– en De libero arbitrio (1524) y la respuesta de Lutero –el hombre sin fe está condenado a hacer el mal porque no puede realizar acciones buenas sin la gracia divina– vino un año después, en De servo arbitrio

En el libro que aquí nos ocupa, es la locura la que habla de sí misma y prueba que, en muchos casos, no es ella la culpable de las fatalidades, sino que más bien, de haberla escuchado a ella, se habrían evitado. A decir de Foucault, con “Erasmo; la locura ya no acecha al hombre desde los cuatro puntos cardinales; se insinúa en él o, más bien, constituye una relación sutil que el hombre mantiene consigo mismo.” Estamos ya en el Renacimiento, donde la religión fue perdiendo terreno aunque su representación de la locura haya calado y se mantuviera incluso más allá de la época clásica. Erasmo encuentra la mirada de la locura desde el sarcasmo, invierte la realidad, el orden de las cosas, para demostrar que ese orden no es tal, que muchas veces, y sobre todo con lo que no entiende, es injusto. Y ante ese abuso, qué mejor respuesta que el humor, la ridiculización del poder y tiranos en la voz de quien más fue estigmatizada. Aquí, con Erasmo, la locura no sólo es el impulso que la razón necesita, sino también la razón última del actuar del hombre; y ello se debe al alter ego de la locura, Filaucia, el amor propio: “quien no esté satisfecho de sí mismo ¿qué podrá hacer con gentileza, con gracia y con dignidad?”, dice la locura.

En el Elogio, la locura se presenta a sí misma como hija de Pluto y Hebe, nacida en las Islas Afortunadas donde fue amamantada por la Embriaguez, hija de Baco; y por la Impericia, hija de Pano. Siempre está acompañada; en su cortejo van: Filaucia, Lisonja, Pereza, Voluptuosidad, Demencia, Molicie, Komo, Morfeo. Los griegos la conocen como Moria y los latinos como Stultitia. Nos dice que ella es “el principio y el final de la vida”. Cuenta cómo actúa en las actividades humanas: gramática, poesía, filosofía, teología, etc. Pero también explica su poder frente a la razón cuando habla de cómo Júpiter hizo al hombre: “La razón la relegó a la cabeza, y no a toda, sino a un pequeño rincón de la misma, mientras que el desorden lo distribuyó por todas las restantes partes del cuerpo y además impuso dos tiranos durísimos: la ira, que colocó en el corazón, fuente de la vida, y la concupiscencia, cuyo extenso poder localizó un poco más abajo. Ya sabemos todos lo que puede la razón con estas dos fuerzas gemelas.”

Elogio de la locura es un libro inteligente, de razonamientos agudos que –aunque se detenga demasiado en la crítica a la Iglesia Católica, en realidad a los representantes de esta, quienes llevaban, lo que hace también al libro tan contemporáneo, una vida contraria a los preceptos cristianos– muy bien puede servirnos para entender que la idea de normal, lo normal, lo que debemos hacer para no salirnos del camino, no siempre es dictada por la razón, o en todo caso lo es por una razón pesada, cogida de prejuicios, cansada de decir qué es lo correcto, confundida a tal punto que es su opuesto, la locura, quien sí sabe qué hacer.

Datos para la traducción: Antonio Gironella. (Barcelona, 1842), primera versión castellana. Rodríguez Bachiller (Madrid, 1944). A. Espina (Madrid, 1973), versión de la que he hechos las citas. Julio Puyol, traducción directa del latín y se ha publicado como Elogio de la estulticia. (Madrid, 1917)

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