martes, 7 de enero de 2025

Una pregunta difícil

Casi al final de Memorias del subsuelo (1864), atrapado por la angustia, el narrador se pregunta: “¿Qué es mejor: una felicidad mediocre o unos sufrimientos elevados? Vamos ¿Qué es mejor?” Y por un momento también me quedo con la duda. ¿Qué es mejor? Me pregunto, cerrando el pequeño y contundente libro: ¿una felicidad mediocre o unos sufrimientos elevados? Me gustaría responder a tan típica pregunta dostoievskiana.

Pero ¿la felicidad puede ser mediocre? Me asalta la duda. El adjetivo la reduce, hasta la contradice, pero a la vez, irónicamente, la vuelve accesible, la hace real. La felicidad “es”, existe, cuando se la califica, como concepto es imposible que exista. Podrá haber entonces una felicidad mediocre, plana, o cotidiana; pero también una felicidad sencilla, en suma, una felicidad adjetivada, una felicidad que consista en una vida tranquila, que va avanzando por los caminos trazados, una felicidad que aparece cuando se recibe una buena noticia, o un mejor trabajo y, luego, hasta la aparición de un nuevo evento, desaparece. 

Sin embargo, es este tipo de felicidad el que el personaje de Memorias del subsuelo desprecia y califica de mediocre. Por eso plantea la pregunta en la que obviamente él se inclina por el sufrimiento elevado, que, en la línea de Dostoievski vendría a ser el sufrimiento del inocente, el que explora en los Hermanos Karamazov (1880) cuando Iván habla sobre los niños y, antes de los Karamazov, en Crimen y castigo (1866), en los sufrimientos de Sonia, cuando en una de sus conversaciones, Raskolnikov, arrodillado ante ella, le dice: “No me he prosternado ante ti, me he prosternado ante toda la humanidad doliente”. En este episodio Sonia representa la inocencia que sufre. Pero no me animaría a sostener que los sufrimientos del inocente, o del débil, sean para Dostoievski elevados.

En “Dos suicidios” (1876), ese pequeño cuento que también es una sutil crítica de arte, el narrador habla de dos suicidios en apariencia diferentes. El primero es el de una mujer, no mayor de veinticinco años, hija de un emigrante ruso, de cuyo suicido la prensa se ocupó poco. Que alguien con una vida acomodada se haya suicidado resulta extraño, un enigma. “¿Qué era lo que la indignaba? ¿La sencillez de lo cotidiano, el sinsentido de la vida?”, se pregunta el narrador y concluye que se trata de un acto desde el inconsciente. La mujer había adquirido las preguntas sobre el sentido de la vida que su buena educación había camuflado, por eso: “Inconscientemente el alma no soportó la rectitud, e inconscientemente exigió algo más complejo”. El segundo suicidio es el de una modista joven y pobre que, no habiendo conseguido trabajo, se lanzó por la ventana. Lo único extraño del caso es que llevaba una imagen religiosa en las manos, por lo que el narrador concluye que fue un suicido resignado, de alguien que no pudo soportar el sufrimiento de la vida y se suicidó después de rezar. Y claro, con un típico giro dostoievskiano, el narrador pregunta “una cuestión vana: ¿cuál de estas almas sufrió más en la vida?”

Sobre el caso de la modista, además, el narrador dice algo que puede ser perturbador: “Hay ciertas cosas que, por sencillas que parezcan, cuesta dejar de pensar en ellas, porque uno parece enteramente culpable de que sucedieran. Esa alma sumisa, que se ha suicidado, lo atormenta a uno sin querer”. No habla de empatía, sino de culpabilidad. Por eso, es el sentimiento de culpa el que lleva a Raskólnikov a arrodillarse ante Sonia. El sufrimiento de la modista y de Sonia, desde esta perspectiva, no solo mueven a compasión, sino a culpabilidad, pero no son elevados. La modista no resistió la pena inmensa, mientras que Sonia vive resignada. Por eso la pregunta de “Dos suicidios” es retórica. Ninguna de las dos es un alma elevada, ambas sucumbieron ante el sufrimiento.

El sufrimiento elevado al que Dostoievski hace referencia en Memorias del subsuelo es el que plantea en Crimen y castigo cuando Raskolnikov dice ante Porfiri Petrovich: “El sufrimiento y el dolor son siempre necesarios para la conciencia de altos vuelos y para el corazón profundo. A mi modo de ver, los hombres verdaderamente grandes han experimentado en este mundo una pena inmensa”. Y sobre esta base es que actúa Raskolnikov. Los sufrimientos elevados son los sufrimientos de los seres superiores, los que pueden ir más allá, a los que, en aras de un bien mayor, todo les está permitido. Entonces no se trata del sufrimiento en sí, o de su sublimación, ni siquiera de compasión hacia el sufrimiento ajeno, tampoco de culpabilidad. Los sufrimientos se vuelven elevados de acuerdo con quien los padece, no con cómo se los padece, que sería estoicismo o cristianismo, sino con quién, que es donde Nietzsche toma la posta; pero ese ya es otro tema. 

Pero igual tengo la duda: ser feliz mediocremente o sufrir elevadamente. En todo caso me queda el placer de releer a Dostoievski, de volver a esos personajes extremos que viven al límite, que sólo se permiten tener dudas para llevarlas hasta el final, hasta donde la respuesta sea la felicidad o el sufrimiento.