viernes, 9 de agosto de 2013

El ojo de la cerradura



En la estación de Hamburgo, una familia espera el tren a Kyritz, van a visitar al abuelo. A medida que la gente va llenando la sala de espera, el hijo menor de la familia, algo confundido, pregunta: “¿Qué va a hacer toda esa gente a la casa del abuelo en Kyritz?”, lo que desata las risas y burlas de sus hermanos, incluso de su madre que, al defenderlo, en tono protector y divertido, dice que dejen en paz al “tontito”.
Aquel hecho no pasa desapercibido a un hombre que también está en la sala, Johann Eduard Erdmann, filósofo hegeliano que, tiempo después, en 1866, da una conferencia en Berlín titulada: “Sobre la estupidez”. Conferencia que fue recibida con extrañeza y, dicen los entendidos, hasta con carcajadas. ¿Cómo era posible que un filósofo se ocupara de un tema de esa naturaleza, la estupidez? ¿No se ocupan los filósofos, más bien, de su contrario, o todo aquello que se considera contrario a la estupidez? En todo caso, la anécdota del niño que creía que todos los viajantes iban a la casa de su abuelo, le sirvió al fillósofo, de la mejor manera, para introducir al tema de su conferencia.
En 2007, ABADA Editores publica la conferencia de Erdmann; pero además un ensayo, sobre el mismo tema, leído como conferencia para la Federación Austríaca del Trabajo en 1937, nada  menos que de Robert Musil. El libro incluye una introducción de Roland Breeur y un prólogo de Félix Duque. En lo que sigue, por el espacio, me ocuparé de las ideas de la conferencia de Erdmann.
La pregunta que hace el niño en la estación es la expresión de los límites de su mundo, lo que ha hecho es reducir lo externo a lo que él conoce. Y eso es lo que todos, en mayor o menor medida, hacemos, entendemos la realidad desde nuestro yo, un yo que normalmente está enriquecido por las experiencias y conocimientos que adquirimos a lo largo de la vida. Pero dicho enriquecimiento implica movilidad, implica cambiar lo que por naturaleza quiere permanecer estático: el punto de vista con el que el yo juzga la realidad. Este cambio significa que el yo vea, entienda o juzgue la realidad desde diferentes perspectivas, desde diferentes puntos de vista. Pero ocurre que por alguna razón, “pereza o mala voluntad” (Breeur), el yo absorbe los puntos de vista y no se manifiesta a través de ellos, sino que ellos, desnaturalizados, se manifiestan a  través de él, por lo que dejan de ser puntos de vista, posibilidades de enriquecimiento, para ser agregados o adornos del único punto de vista que el yo quiere tener. Por eso Erdmann dice que el estúpido es como un hombre que ve por el ojo de la cerradura, sólo ve a través de ella y sólo ve lo que ella le permite. Ese yo que no quiere moverse del ojo de la cerradura nunca abrirá la puerta.
Por eso la estupidez no tiene que ver con la información, que no es conocimiento ni, mucho menos, inteligencia, tiene que ver con una actitud que es el resultado de la estrechez mental, de la mismidad. Si, como ya se apuntó, el yo absorbe todos los puntos de vista y se mantiene impasible, ese es el yo de un estúpido. Entonces, el estúpido es el que tiene un yo que, pese a los conocimientos, no puede salir de sí mismo e, incluso, esos conocimientos le sirven, lo quiera o no, para enraizarse más en su yo, en su mismidad, en su estupidez. “Por consiguiente, dice Erdmann, la estupidez debería definirse como el estado mental en el que el individuo se considera a sí mismo y la relación consigo mismo como único criterio de la vedad y el valor; o, dicho más brevemente: en que lo juzga todo a partir de sí mismo”.
Erdmann, aunque no lo diga expresamente, se refiere a un tipo particular de estúpido, al que podríamos llamar el “ilustrado”, el que ha adquirido información que en lugar de movilizar a su yo, hacerlo más ágil, más bien lo ha engordado. Entonces, estamos ante un yo estático que al no moverse con lo nuevo, se infla y, en consecuencia, se vuelve pedante, soberbio y vanidoso. Es un yo que sobre cualquier tema hablará sobre sí mismo y sólo se verá a sí mismo e invariablemente creerá que tiene la razón y criticará y lo contradecirá todo. Es el yo del hombre que lo sabe todo, el que opina con generalidades y las enuncia como una gran verdad, un hombre que en el fondo, pese a sus conocimientos, sigue siendo simple y “cuanto más simple es una persona, anota Erdmann, más tiende únicamente a criticar”. (Pero no hay que confundir la simpleza y crítica que hace un individuo de esta naturaleza con la que haría, por ejemplo, un Sócrates, a quien, entre otras, se le atribuye aquella anécdota del mercado: viendo todo lo que allí había, dijo: “Cuántas cosas que no necesito”. Esa simpleza y crítica subyacentes al comentario son de otra índole.)
Pero para tener razón en todo, y el estúpido cree tenerla en todo, no sólo hay que contradecir, también hay que decir sí. Entonces, si a un estúpido se le cuenta una situación poco común, inverosímil, en lugar de mostrar admiración, que sería lo normal, lo que una persona sensata haría, lo que él hace es decir sí, que un hecho de esa naturaleza es lo más normal del mundo. Lo inverosímil, como en este caso no le ha ocurrido a él, a ese yo inflado, pues trata de minimizarlo. Lo que lleva a otro rasgo del estúpido, como es un simple mental, necesariamente tiene que ser “tosco”, rústico, grosero, (obviamente él no se da cuenta, más bien creerá que es hábil o gracioso o ingenioso) y así, por ejemplo, rompiendo una regla elemental de respeto, siempre interrumpirá en una conversación, buscará decir sus generalidades para tener razón en todo; porque, como lo único que tiene es la simplicidad de su yo, un yo que él, desde su estrechez, cree superior, quiere ser siempre el centro de atención.
Entonces, lo que corresponde, porque nacemos simples, es que realmente nos enriquezcamos con la experiencia de vida y los conocimientos, sobre todo lo primero, o nos convertiremos en estúpidos, en esas personas que al no salir de su yo matan la realidad o, en todo caso, la vuelven estática. Por eso, si no evitamos la estupidez, la convertimos en un vicio. Desde esta perspectiva, el estúpido es aquel que se ha negado a evolucionar porque no quiere salir de su mismidad (lo que no quiere decir que no cumpla roles, de hecho sí lo hace, podrá ser padre, abogado, profesor, médico, comerciante, etc., pero desde su mismidad, su simpleza). Así, el que no acepta las diferentes realidades que da la vida, al reducirlas al yo que no ha crecido, se convierte en un estúpido.
Pero una mente pequeña, simple, que hace a un individuo tosco, no deja de tener anhelos, sueños, deseos, no pierde ese derecho, el problema es que, como todo radica en su yo, incorpora esos sueños a su yo y entonces vive una fantasía, el estúpido se enajena. Y esos sueños, al ser parte de la única realidad que tiene -su yo- se convierten en realidad, (para él obviamente) y entonces el estúpido está completo y ya no vive una vida, vive una biografía.
Por todo ello, podríamos decir que la estupidez implica ceguera, la incapacidad de ver la realidad desde una perspectiva diferente; pero sobre todo, la incapacidad de vernos como nos ven los otros.