martes, 3 de septiembre de 2013

Mentira la verdad. La utilidad de la filosofía



Al inicio del libro VII de La República, Platón nos cuenta lo que se ha convertido en uno de los hechos filosóficos más conocidos, la alegoría de la caverna. Allí, el filósofo nos dice lo siguiente: represéntate a unos hombres en una caverna subterránea en la que están desde niños, llevan cadenas en los pies y en el cuello, de tal suerte que sólo pueden mirar hacia el fondo de la caverna; detrás de ellos y hacia arriba, en dirección a la entrada de la caverna, hay un fuego; entre el fuego y los prisioneros hay una especie de muro, “como el biombo que los titiriteros levantan delante del público” para poner sus marionetas. Del otro lado del muro, pasan hombres que llevan figuras de diferentes cosas y hechas de diferentes materiales. Los hombres que están encadenados han visto, durante toda su vida, las sombras que proyectan esas figuras hacia el fondo de la caverna.
¿Pero qué pasaría si uno de esos hombres, pregunta el filósofo, es liberado de sus cadenas y es “forzado” a levantarse? Al avanzar hacia la entrada de la caverna, la luz, además de cegarlo, le causaría sufrimiento y no podría ver aquellos objetos de los que antes vio sus sombras, los que pasaban detrás de él; y si se le mostrara los objetos mismos y se le preguntara qué son, este hombre no sabría qué responder y pensaría que las sombras que antes veía eran “más verdaderas que las que se le muestran ahora”. Y si se le obligara a ver hacia la luz, él aún trataría de ver lo que antes veía, las sombras, por considerarlas más claras. Y si, “por una escarpada y empinada cuesta” se le llevara hacia afuera de la caverna, él sufriría y se irritaría y no podría ver los objetos que sí son reales, los que no son figuras ni sombras. Así, este hombre, confundido aún, y que ha sido forzado a salir, primero tendría que acostumbrase, tendría que pasar, de mirar las sombras, a mirar las figuras y, finalmente, los objetos mismos; de igual manera, antes de mirar la luz del sol, tendría que acostumbrase a la noche, a mirar primero las estrellas y la luna.
¿Y qué pasaría si este hombre, una vez que ya se acostumbró a la luz, recuerda a sus compañeros de prisión? Se compadecería de ellos; pero no querría volver a esa realidad, ya no querría volver a pensar, a “opinar”, como lo hacía cuando estaba encadenado al fondo de la caverna. Pero si de todas maneras volviera, sus ojos, acostumbrados ahora a la luz del sol, ya no podrían ver en las sombras y para poder hacerlo, tendría que competir “con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas”, con aquellos que nunca salieron de la caverna y que están completamente seguros de lo que ven, que creen que la realidad en la que están es la verdadera; pero además, estos hombres le reprocharían que sus ojos, que ya no ven como ellos aún lo hacen, se han dañado por haber salido de la caverna, por haber subido tan alto.
¿Y qué pasaría si este hombre intentara convencerlos y llevarlos hacia la salida? Pues ellos, los hombres que aún están encadenados, tan seguros de su realidad, lo matarían.     
En la alegoría, el hombre que es forzado a salir de la caverna, que sale de ella con esfuerzo por una empinada cuesta, y que luego regresa, es el filósofo. Y no es casual que sea forzado y que la salida sea difícil, que sea un proceso en el que, poco a poco, el hombre deba ir acostumbrándose a lo que va conociendo, no es casual porque no es fácil dejar aquello a lo que se está acostumbrado, aquello que nos da seguridad. En ese sentido, la filosofía, ese longevo quehacer, al ocuparse de los supuestos de nuestras creencias, al demostrarnos que aquello a lo que estamos acostumbrados a ver no necesariamente es verdad, al ocuparse del sentido de la vida, nos libera.
Desde esta perspectiva, Mentira la verdad, programa conducido por el filósofo argentino Darío Sztajnszrajber, y emitido por canal Encuentro –con una primera temporada el 2011, una segunda el 2012 y una tercera para 2014– cumple con esa función crítica de la filosofía, con esa función de llevar a los hombres fuera de la caverna, de mostrarles que las sombras que están viendo son eso, sombras, es un programa que, con un guión original, asegura que es mentira lo que nos hacen creer los medios de comunicación, mentira las verdades que sirven a intereses de poder, mentira lo que nos enseña la sociedad de consumo, mentira que la utilidad, el éxito, la eficiencia, son los criterios que definen la vida, que son mentira esas verdades en las que creemos, en suma, mentira la verdad incuestionable.
Con este programa, Darío Sztajnszrajber, ha demostrado que la filosofía, ese amor a la sabiduría, no sólo se queda en el saber, sino que, sobre todo, vuelve a su actitud original, a ese quehacer que se inicia con el asombro o las situaciones límite, en fin, a esa actitud del hombre de hacer suyas las preguntas fundamentales sobre la vida, ese querer saber que no se agota, que siempre empieza, porque, como escribió Heidegger: “Filosofar, a fin de cuentas, no significa más que ser principiante”. 

viernes, 9 de agosto de 2013

El ojo de la cerradura



En la estación de Hamburgo, una familia espera el tren a Kyritz, van a visitar al abuelo. A medida que la gente va llenando la sala de espera, el hijo menor de la familia, algo confundido, pregunta: “¿Qué va a hacer toda esa gente a la casa del abuelo en Kyritz?”, lo que desata las risas y burlas de sus hermanos, incluso de su madre que, al defenderlo, en tono protector y divertido, dice que dejen en paz al “tontito”.
Aquel hecho no pasa desapercibido a un hombre que también está en la sala, Johann Eduard Erdmann, filósofo hegeliano que, tiempo después, en 1866, da una conferencia en Berlín titulada: “Sobre la estupidez”. Conferencia que fue recibida con extrañeza y, dicen los entendidos, hasta con carcajadas. ¿Cómo era posible que un filósofo se ocupara de un tema de esa naturaleza, la estupidez? ¿No se ocupan los filósofos, más bien, de su contrario, o todo aquello que se considera contrario a la estupidez? En todo caso, la anécdota del niño que creía que todos los viajantes iban a la casa de su abuelo, le sirvió al fillósofo, de la mejor manera, para introducir al tema de su conferencia.
En 2007, ABADA Editores publica la conferencia de Erdmann; pero además un ensayo, sobre el mismo tema, leído como conferencia para la Federación Austríaca del Trabajo en 1937, nada  menos que de Robert Musil. El libro incluye una introducción de Roland Breeur y un prólogo de Félix Duque. En lo que sigue, por el espacio, me ocuparé de las ideas de la conferencia de Erdmann.
La pregunta que hace el niño en la estación es la expresión de los límites de su mundo, lo que ha hecho es reducir lo externo a lo que él conoce. Y eso es lo que todos, en mayor o menor medida, hacemos, entendemos la realidad desde nuestro yo, un yo que normalmente está enriquecido por las experiencias y conocimientos que adquirimos a lo largo de la vida. Pero dicho enriquecimiento implica movilidad, implica cambiar lo que por naturaleza quiere permanecer estático: el punto de vista con el que el yo juzga la realidad. Este cambio significa que el yo vea, entienda o juzgue la realidad desde diferentes perspectivas, desde diferentes puntos de vista. Pero ocurre que por alguna razón, “pereza o mala voluntad” (Breeur), el yo absorbe los puntos de vista y no se manifiesta a través de ellos, sino que ellos, desnaturalizados, se manifiestan a  través de él, por lo que dejan de ser puntos de vista, posibilidades de enriquecimiento, para ser agregados o adornos del único punto de vista que el yo quiere tener. Por eso Erdmann dice que el estúpido es como un hombre que ve por el ojo de la cerradura, sólo ve a través de ella y sólo ve lo que ella le permite. Ese yo que no quiere moverse del ojo de la cerradura nunca abrirá la puerta.
Por eso la estupidez no tiene que ver con la información, que no es conocimiento ni, mucho menos, inteligencia, tiene que ver con una actitud que es el resultado de la estrechez mental, de la mismidad. Si, como ya se apuntó, el yo absorbe todos los puntos de vista y se mantiene impasible, ese es el yo de un estúpido. Entonces, el estúpido es el que tiene un yo que, pese a los conocimientos, no puede salir de sí mismo e, incluso, esos conocimientos le sirven, lo quiera o no, para enraizarse más en su yo, en su mismidad, en su estupidez. “Por consiguiente, dice Erdmann, la estupidez debería definirse como el estado mental en el que el individuo se considera a sí mismo y la relación consigo mismo como único criterio de la vedad y el valor; o, dicho más brevemente: en que lo juzga todo a partir de sí mismo”.
Erdmann, aunque no lo diga expresamente, se refiere a un tipo particular de estúpido, al que podríamos llamar el “ilustrado”, el que ha adquirido información que en lugar de movilizar a su yo, hacerlo más ágil, más bien lo ha engordado. Entonces, estamos ante un yo estático que al no moverse con lo nuevo, se infla y, en consecuencia, se vuelve pedante, soberbio y vanidoso. Es un yo que sobre cualquier tema hablará sobre sí mismo y sólo se verá a sí mismo e invariablemente creerá que tiene la razón y criticará y lo contradecirá todo. Es el yo del hombre que lo sabe todo, el que opina con generalidades y las enuncia como una gran verdad, un hombre que en el fondo, pese a sus conocimientos, sigue siendo simple y “cuanto más simple es una persona, anota Erdmann, más tiende únicamente a criticar”. (Pero no hay que confundir la simpleza y crítica que hace un individuo de esta naturaleza con la que haría, por ejemplo, un Sócrates, a quien, entre otras, se le atribuye aquella anécdota del mercado: viendo todo lo que allí había, dijo: “Cuántas cosas que no necesito”. Esa simpleza y crítica subyacentes al comentario son de otra índole.)
Pero para tener razón en todo, y el estúpido cree tenerla en todo, no sólo hay que contradecir, también hay que decir sí. Entonces, si a un estúpido se le cuenta una situación poco común, inverosímil, en lugar de mostrar admiración, que sería lo normal, lo que una persona sensata haría, lo que él hace es decir sí, que un hecho de esa naturaleza es lo más normal del mundo. Lo inverosímil, como en este caso no le ha ocurrido a él, a ese yo inflado, pues trata de minimizarlo. Lo que lleva a otro rasgo del estúpido, como es un simple mental, necesariamente tiene que ser “tosco”, rústico, grosero, (obviamente él no se da cuenta, más bien creerá que es hábil o gracioso o ingenioso) y así, por ejemplo, rompiendo una regla elemental de respeto, siempre interrumpirá en una conversación, buscará decir sus generalidades para tener razón en todo; porque, como lo único que tiene es la simplicidad de su yo, un yo que él, desde su estrechez, cree superior, quiere ser siempre el centro de atención.
Entonces, lo que corresponde, porque nacemos simples, es que realmente nos enriquezcamos con la experiencia de vida y los conocimientos, sobre todo lo primero, o nos convertiremos en estúpidos, en esas personas que al no salir de su yo matan la realidad o, en todo caso, la vuelven estática. Por eso, si no evitamos la estupidez, la convertimos en un vicio. Desde esta perspectiva, el estúpido es aquel que se ha negado a evolucionar porque no quiere salir de su mismidad (lo que no quiere decir que no cumpla roles, de hecho sí lo hace, podrá ser padre, abogado, profesor, médico, comerciante, etc., pero desde su mismidad, su simpleza). Así, el que no acepta las diferentes realidades que da la vida, al reducirlas al yo que no ha crecido, se convierte en un estúpido.
Pero una mente pequeña, simple, que hace a un individuo tosco, no deja de tener anhelos, sueños, deseos, no pierde ese derecho, el problema es que, como todo radica en su yo, incorpora esos sueños a su yo y entonces vive una fantasía, el estúpido se enajena. Y esos sueños, al ser parte de la única realidad que tiene -su yo- se convierten en realidad, (para él obviamente) y entonces el estúpido está completo y ya no vive una vida, vive una biografía.
Por todo ello, podríamos decir que la estupidez implica ceguera, la incapacidad de ver la realidad desde una perspectiva diferente; pero sobre todo, la incapacidad de vernos como nos ven los otros.

jueves, 27 de junio de 2013

John Cheever, la promesa aterradora de la permanencia



Lawrence Pommeroy, Tifty, como es llamado desde niño, pertenece a una familia de clase media estadounidense en la que todos, cinco hermanos, tres hombres y dos mujeres, tienen una vida promedio que aspira a la tranquilidad, es una vida con los problemas y necesidades típicos de su clase, ninguno ha sobresalido de una manera notable; generalmente se reúnen en su casa de playa, que construyó su padre ya fallecido, en Laud’s Head, Massachusetts. Pero Tifty no encaja del todo, y no sólo en su familia, no es comunicativo, prefiere hablar poco y cuando lo hace es para soltar un sarcasmo, es iracundo y pesimista, es el típico individuo que todo lo encuentra mal y, sobre todo, no se siente, ni quiere ser, parte de nada; por eso, es incapaz de ver algo bueno en los planes, ideas o proyectos de los demás, para él, salvo sus ideas, nada tiene sentido. Es aquella clase de solitario, probablemente amargado, que debe su condición a que el mundo no es como él lo ve, o como quisiera que sea. Tifty encarna la experiencia del absurdo como la plantea Albert Camus en El mito de Sísifo: ni el mundo ni el hombre son absurdos; es del choque entre lo que es el mundo, algo irracional, y la conciencia del hombre, que busca entender el  mundo, de donde surge el absurdo, el absurdo es esa confrontación, “es un divorcio” entre el querer entender el mundo y la irracionalidad de éste.
Tifty es personaje de Adiós, hermano mío. Cuento que abre la colección de los cuentos reunidos de John Cheever, donde encontramos historias que plasman ese divorcio, esa confrontación entre individuos que por alguna razón están alejados, separados de su entorno, que no logran calzar en el lugar en el que están o en el que quieren estar; pero que buscan la manera, aunque no siempre sea la adecuada, de lograrlo. Como el mismo Cheever los define en sus Diarios, sus personajes “están perdidos, pero en un mundo en que casi todos los demás parecen conocer su camino. Se rebelan con fervor contra su marginación como seres perdidos”.
Lo que en absoluto es ajeno a la vida del mismo Cheever, quien, como cuenta en sus Diarios, fue concebido “por error después de un banquete”, y tuvo una difícil relación con su hermano mayor, Fred; además, Cheever fue un autodidacta, su educación la realizó a base de lecturas, entre ellas, una de sus favoritas, Madame Bovary, la que había leído más de veinticinco veces y varias de ellas en francés y de la que decía que era su Yale College y su Harvard; pero también, lo que fue una constante en su vida, luchaba por mantener la imagen de una familia feliz de los suburbios, una imagen de hombre piadoso, que en efecto lo era, mientras hacía lo mismo por controlar su alcoholismo, sus deseos sexuales y los remordimientos por su homosexualidad. En sus Diarios encontramos pasajes llenos de esa carga de deseos de felicidad en familia, de fidelidad y remordimientos; pero además con la conciencia que las faltas que comete un hombre no sólo le afectan a él, afectan a todo su entorno, resquebrajan la armonía de la vida: “Creo que tendré una aventura. ¿A quién perjudicará?  A todos, desde el pequeño que está en la cuna, hasta al anciano caballero jubilado que vive en Daytona.” O “No podemos enfrentarnos al diablo a solas; no podemos limpiar nuestros corazones y mentes por nuestros propios medios. Cuando pecamos, y yo he pecado, […] no es nuestra carne y sangre lo que aparentemente desfiguramos ni nuestras aspiraciones de inmortalidad lo que echamos a perder, sino que todo el cuadro de la vida, deslumbrante o negro según el caso, parece haber sido ofendido por nuestra falta.”
Pero el mundo que Cheever describió también significaba para él inmovilidad, monotonía, una aterradora promesa de permanencia. “Me gustaría asentarme y a la vez conservar cierta amplitud.”, afirma en sus Diarios. Por eso, las costumbres que describe en sus historias no son lo trascendental en su obra, esa magistral descripción no es el mérito principal, podrá ser sí, entre otras, una de las razones por las cuales una historia de Cheever nos atrapa rápidamente; pero si nos quedamos con Cheever como “el Chéjov de los suburbios”, nos estamos quedando con lo superficial, con el decorado, limitando a una determinada época y clase a un escritor reflexivo, un escritor que ha sabido captar la vida, porque Cheever escribe sobre el ser humano, el ser humano independiente de las costumbres, por eso no es verdad que se haya quedado en ese mundo que ha descrito tan acertadamente, que su obra esté limitada a esa realidad. Las costumbres pueden cambiar pero no las relaciones humanas, el entorno, las circunstancias varían, pero no el hombre, en todo caso, el hombre actúa de acuerdo a su entorno y creencias que éste le da; pero sigue siendo parte de ese universal que pocos han sabido captar y expresar. Uno se puede reconocer en los personajes de Cheever, personajes que muy bien podemos encontrar en una pintura de Edward Hopper, sin pertenecer a la cultura y a la época en que son retratados.
En La olla repleta de oro, cuento en el que la tristeza ronda sub especie aeternitatis, Cheever cuanta la historia de los Whittemore, Ralph y Laura, una pareja de esposos que luchan pacientemente por una vida mejor, plasma la esperanza que todos tenemos de tener una buena vida. Es una historia en la que el fracaso aparece como el destino, el fracaso es algo que está en el mundo y se presenta pese al esfuerzo que hagamos, pese a los dioses y a las esperanzas que tengamos. Pero ese fracaso que ronda, también es producto de las ideas que ha creado la sociedad: la buena vida, la vida cómoda, los lujos, todo aquello que algunas personas poseen y es norma que todos luchen por ellos, pero que sólo a unos pocos toca. Esos ideales, si uno no se da cuenta, como finalmente lo hace Ralph, son la olla repleta de oro, esa olla que buscamos sin saber, o sin querer entender, que es una ilusión.
“Me acostaré en el sofá hecho un ovillo y verteré lágrimas amargas –escribe Cheever en su diario–; me  parece que he vertido demasiadas lágrimas, de ginebra, de whisky, de sal pura, pero demasiadas; he recorrido estas sendas demasiadas veces, con los hombros hundidos, en busca de un final feliz para muchos caprichos. Y ahora no me queda voluntad ni agallas ni estómago para inventar esperanzas. Sueño con una esposa y amante tierna, rubia o morena, con una personalidad transparente. ¿Y cómo voy a encontrarla encorvado sobre la máquina de escribir en un cuarto cerrado?”

lunes, 10 de junio de 2013

La habitación


Es una pareja de jóvenes esposos que, entre el noviazgo y el matrimonio, llevan el tempo suficiente como para decir que se conocen. Una noche que ella llega del trabajo –él ha perdido el suyo y desde entonces se dedica a los quehaceres de la casa– tienen una discusión. A ella no le ha gustado el color del papel del baño que ha comprado su esposo y mucho menos la comida que ha preparado, ternera frita con pimientos. Odia ese papel y odia la ternera frita con pimientos. El enojo y la discusión son inminentes.
Por la noche, mientras el sorprendido esposo la ve dormir, cae en la cuenta que no tenía ni idea que no le gustaba la ternera frita con pimientos, sí, la ternera frita con pimientos fue el vehículo para que el joven esposo se diera cuenta que, pese a los años y al amor, hay una parte de esa mujer que duerme a su lado que él no conoce y se imagina, no solamente esa parte que no conoce, sino todo su mundo, “como una habitación enorme y oscura”, y es así como ahora la ve: “Yo estaba en la habitación con un pequeño encendedor en la mano. Lo que alcanzaba a ver a la luz del mechero era apenas una pequeña parte de la habitación”. Eso es lo que descubre aquella noche Tooru Okada, personaje principal de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, novela de Haruki Murakami, del mundo de su esposa, Kumiko: una habitación oscura de la que sólo podía ver una parte, la parte que le iluminaba su pequeño encendedor.
El mundo del otro es una habitación oscura que recorremos con un encendedor. Es una de las imágenes, entre otras, que más fuerza tienen en esta novela de Murakami en la que, además, el autor plantea la oscuridad, el sumergirse en ella, como posibilidad de conocimiento, (Tooru Okada desciende al pozo de la casa abandonada para, como en el mito griego, salvar a su esposa); pero también es una metáfora que, además de bella, muestra con lucidez la relación que tenemos con los otros.
Imaginemos por un momento esas habitaciones oscuras de nuestros “conocidos”, esas habitaciones que recorremos con un encendedor. Lo primero que se me ocurre es preguntar ¿qué luz es esa? Sí, ¿Cuál es la luz que nos permite conocer a los otros? Porque lo que veamos dependerá de esa luz, ¿es la luz de las ideas, de la razón, la luz de la experiencia, de las generalidades? Y lo segundo que se me ocurre es que nuestra característica fundamental es la soledad. Sí, la soledad, porque estamos en las habitaciones de los otros con nuestro encendedor tratando de descubrir algo de su mundo, mientras nuestra habitación está llena de los otros con sus encendedores, recorriendo nuestra oscuridad, viendo, iluminando sólo una parte.
Y si las coas son así, nuestra identidad, partiendo del hecho que nuestra existencia no está aislada, que existimos con otros, parece estar, como ha dicho Sartre, en los otros. ¿Pero por qué nuestra identidad, aquello que nos caracteriza, o debe hacerlo, está en los otros? La explicación de Sartre sobre la relación entre individuos está bajo la luz de la dialéctica hegeliana. Al principio, entendamos por principio la primera relación con lo que nos rodea, yo objetivo el entorno inmediato y lo reconozco como mío, yo soy el centro del mundo que me rodea; pero, luego, la aparición del otro me saca de ese mundo. ¿Pero en qué sentido me saca de mi mundo? En el sentido que el otro es un ser que, al igual que yo, en lo que considero mi mundo, es el centro de lo que él considera su mundo. Entonces, mi entorno, el que he objetivado, es también objetivado, como suyo, por el otro; pero eso no es todo, el otro no sólo objetiva mi mundo, sino que, al verme, también me objetiva, me cosifica. Y este es el quiebre de mi percepción del mundo, hasta ese momento, yo percibía el mundo pero no era percibido como algo más en el mundo, esta situación hace que sea consciente de mí mismo, hace aparecer mi yo, entonces es el otro, con su mirada, el que hace que sea consciente de mi identidad. Por lo tanto, nuestra identidad aparece por el otro, es él quien nos la da. Somos, existimos, por la mirada de los otros. Somos lo que cada quien ve. Y es la mirada de los otros la que se ha vuelto nuestra, la que nos ha dado nuestra identidad, por eso Roquentín, en uno de los picos de La náusea, se dice: “Los que viven en sociedad han aprendido a mirase en los espejos, tal como los ven sus amigos”. Entonces, sobre la base de estas ideas, ¿podemos decir quiénes somos? Con Sartre podemos decir que aparece nuestra identidad, aparece nuestro yo como una abstracción; pero no nuestra identidad como aquello que nos caracteriza, como aquello que individua a cada sujeto, nuestra personalidad. ¿Somos lo que los otros, recorriendo la oscuridad de nuestra habitación con su encendedor, dicen que somos, o somos lo que nosotros sabemos de nuestra oscuridad? Y si, como suele ocurrir, no hay coherencia en esos dos aspectos, entre lo que uno es y lo que representa, ¿serán los otros capaces de representarse lo que uno es realmente, o, por el contrario, seremos capaces de reconocer que en realidad somos lo que representamos?