Al inicio del libro VII de La
República, Platón nos cuenta lo que se ha convertido en uno de los hechos
filosóficos más conocidos, la alegoría de la caverna. Allí, el filósofo nos
dice lo siguiente: represéntate a unos hombres en una caverna subterránea en la
que están desde niños, llevan cadenas en los pies y en el cuello, de tal suerte
que sólo pueden mirar hacia el fondo de la caverna; detrás de ellos y hacia
arriba, en dirección a la entrada de la caverna, hay un fuego; entre el fuego y
los prisioneros hay una especie de muro, “como el biombo que los titiriteros
levantan delante del público” para poner sus marionetas. Del otro lado del
muro, pasan hombres que llevan figuras de diferentes cosas y hechas de
diferentes materiales. Los hombres que están encadenados han visto, durante
toda su vida, las sombras que proyectan esas figuras hacia el fondo de la
caverna.
¿Pero qué pasaría si uno de esos hombres, pregunta el filósofo, es liberado
de sus cadenas y es “forzado” a levantarse? Al avanzar hacia la entrada de la
caverna, la luz, además de cegarlo, le causaría sufrimiento y no podría ver aquellos
objetos de los que antes vio sus sombras, los que pasaban detrás de él; y si se
le mostrara los objetos mismos y se le preguntara qué son, este hombre no sabría
qué responder y pensaría que las sombras que antes veía eran “más verdaderas
que las que se le muestran ahora”. Y si se le obligara a ver hacia la luz, él
aún trataría de ver lo que antes veía, las sombras, por considerarlas más
claras. Y si, “por una escarpada y empinada cuesta” se le llevara hacia afuera
de la caverna, él sufriría y se irritaría y no podría ver los objetos que sí
son reales, los que no son figuras ni sombras. Así, este hombre, confundido
aún, y que ha sido forzado a salir, primero tendría que acostumbrase, tendría
que pasar, de mirar las sombras, a mirar las figuras y, finalmente, los objetos
mismos; de igual manera, antes de mirar la luz del sol, tendría que
acostumbrase a la noche, a mirar primero las estrellas y la luna.
¿Y qué pasaría si este hombre, una vez que ya se acostumbró a la luz,
recuerda a sus compañeros de prisión? Se compadecería de ellos; pero no querría
volver a esa realidad, ya no querría volver a pensar, a “opinar”, como lo hacía
cuando estaba encadenado al fondo de la caverna. Pero si de todas maneras volviera,
sus ojos, acostumbrados ahora a la luz del sol, ya no podrían ver en las
sombras y para poder hacerlo, tendría que competir “con aquellos que han conservado
en todo momento las cadenas”, con aquellos que nunca salieron de la caverna y
que están completamente seguros de lo que ven, que creen que la realidad en la
que están es la verdadera; pero además, estos hombres le reprocharían que sus
ojos, que ya no ven como ellos aún lo hacen, se han dañado por haber salido de
la caverna, por haber subido tan alto.
¿Y qué pasaría si este hombre intentara convencerlos y llevarlos hacia la
salida? Pues ellos, los hombres que aún están encadenados, tan seguros de su
realidad, lo matarían.
En la alegoría, el hombre que es forzado a salir de la caverna, que sale de
ella con esfuerzo por una empinada cuesta, y que luego regresa, es el filósofo.
Y no es casual que sea forzado y que la salida sea difícil, que sea un proceso
en el que, poco a poco, el hombre deba ir acostumbrándose a lo que va
conociendo, no es casual porque no es fácil dejar aquello a lo que se está
acostumbrado, aquello que nos da seguridad. En ese sentido, la filosofía, ese
longevo quehacer, al ocuparse de los supuestos de nuestras creencias, al
demostrarnos que aquello a lo que estamos acostumbrados a ver no necesariamente
es verdad, al ocuparse del sentido de la vida, nos libera.
Desde esta perspectiva, Mentira la
verdad, programa conducido por el filósofo argentino Darío Sztajnszrajber,
y emitido por canal Encuentro –con una primera
temporada el 2011, una segunda el 2012 y una tercera para 2014– cumple con esa
función crítica de la filosofía, con esa función de llevar a los hombres fuera
de la caverna, de mostrarles que las sombras que están viendo son eso, sombras,
es un programa que, con un guión original, asegura que es mentira lo que nos
hacen creer los medios de comunicación, mentira las verdades que sirven a
intereses de poder, mentira lo que nos enseña la sociedad de consumo, mentira
que la utilidad, el éxito, la eficiencia, son los criterios que definen la
vida, que son mentira esas verdades en las que creemos, en suma, mentira la
verdad incuestionable.
Con este programa, Darío Sztajnszrajber, ha demostrado que la filosofía,
ese amor a la sabiduría, no sólo se queda en el saber, sino que, sobre todo, vuelve
a su actitud original, a ese quehacer que se inicia con el asombro o las
situaciones límite, en fin, a esa actitud del hombre de hacer suyas las
preguntas fundamentales sobre la vida, ese querer saber que no se agota, que
siempre empieza, porque, como escribió Heidegger: “Filosofar, a fin de cuentas,
no significa más que ser principiante”.
