En
la Edad Media se creía que la locura era causada por una piedra que, al igual
que los cálculos renales en los riñones, crecía en la cabeza. Era una piedra, puesta allí
seguramente por el maligno, la que causaba el mal. Así que había especialistas,
médicos, charlatanes en realidad, que viajaban operando, y en público, a los
tocados por la locura. Con una incisión en la frente y un veloz juego de manos,
“extraían” y mostraban la famosa piedra. El Bosco, van Hemesen y Breughel el
Viejo, han pintado este acto sádico y morboso que era la operación para
extirpar la piedra de la locura.
Vista
desde la religión, la ética o la jurisprudencia, la locura ha tenido una larga
historia de malos entendidos y ha sido víctima de injusticias, aislamientos y
encierros; y vista desde la medicina, pero siempre bajo la mirada de las tres
anteriores, ha sido, y es, de difícil comprensión. Es lo desconocido, lo
inexplicable, aquellos mecanismos en el hombre que no se sabe cómo ni por qué
funcionan así.
¿Pero
qué pasa si nos detenemos un momento y escuchamos a la locura? ¿Tendrá algo que
decirnos? Pues Erasmo de Rotterdam (28 de octubre de 1466- 12 de julio de
1536), no sólo se animó a escucharla, sino a escribir, y en una semana, la idea
se le ocurrió viajando de Inglaterra a Italia, un libro exquisito e irónico,
muestra de hábil retórica, precedido de una carta a su amigo Tomas Moro, el
famoso Elogio de la locura (1509). Erasmo
de Rotterdam, “el príncipe del humanismo”, dejó los hábitos agustinos para
dedicarse a la vida intelectual; pero sin alejarse de las creencias religiosas.
Una de sus afirmaciones caracteriza el modo en que llevó su vida: “Cuando tengo
dinero compro libros, si queda algo, comida y ropa”. En ese orden. Erasmo tuvo
que transitar su vida intelectual por un camino complicado, pues tanto
luteranos como católicos, conocedores de su capacidad, lo reclamaban unos como
el representante que lleve su verdad y otros como su defensor. Lo cual,
sabiendo evitar ponerse de un lado como sus finos juegos retóricos, le granjeó
no pocos enemigos de ambos lados. Nunca se conoció personalmente con Lutero
pero tuvieron una disputa por “el libre albedrío”, Erasmo planteó su postura al
respecto –el hombre necesita de la fe y debe conciliarla con la libertad que le
da su razón para actuar– en De libero
arbitrio (1524) y la respuesta de Lutero –el hombre sin fe está condenado a
hacer el mal porque no puede realizar acciones buenas sin la gracia divina– vino
un año después, en De servo arbitrio.
En
el libro que aquí nos ocupa, es la locura la que habla de sí misma y prueba
que, en muchos casos, no es ella la culpable de las fatalidades, sino que más
bien, de haberla escuchado a ella, se habrían evitado. A decir de Foucault, con
“Erasmo; la locura ya no acecha al hombre desde los cuatro puntos cardinales;
se insinúa en él o, más bien, constituye una relación sutil que el hombre
mantiene consigo mismo.” Estamos ya en el Renacimiento, donde la religión fue
perdiendo terreno aunque su representación de la locura haya calado y se
mantuviera incluso más allá de la época clásica. Erasmo encuentra la mirada de
la locura desde el sarcasmo, invierte la realidad, el orden de las cosas, para
demostrar que ese orden no es tal, que muchas veces, y sobre todo con lo que no
entiende, es injusto. Y ante ese abuso, qué mejor respuesta que el humor, la
ridiculización del poder y tiranos en la voz de quien más fue estigmatizada.
Aquí, con Erasmo, la locura no sólo es el impulso que la razón necesita, sino
también la razón última del actuar del hombre; y ello se debe al alter ego de la locura, Filaucia, el amor propio: “quien no esté
satisfecho de sí mismo ¿qué podrá hacer con gentileza, con gracia y con
dignidad?”, dice la locura.
En
el Elogio, la locura se presenta a sí misma como hija de Pluto y Hebe, nacida
en las Islas Afortunadas donde fue amamantada por la Embriaguez, hija de Baco;
y por la Impericia, hija de Pano. Siempre está acompañada; en su cortejo van: Filaucia, Lisonja, Pereza, Voluptuosidad, Demencia, Molicie, Komo, Morfeo.
Los griegos la conocen como Moria y
los latinos como Stultitia. Nos dice
que ella es “el principio y el final de la vida”. Cuenta cómo actúa en las
actividades humanas: gramática, poesía, filosofía, teología, etc. Pero también
explica su poder frente a la razón cuando habla de cómo Júpiter hizo al hombre:
“La razón la relegó a la cabeza, y no a toda, sino a un pequeño rincón de la
misma, mientras que el desorden lo distribuyó por todas las restantes partes
del cuerpo y además impuso dos tiranos durísimos: la ira, que colocó en el
corazón, fuente de la vida, y la concupiscencia, cuyo extenso poder localizó un
poco más abajo. Ya sabemos todos lo que puede la razón con estas dos fuerzas
gemelas.”
Elogio de la locura
es un libro inteligente, de razonamientos agudos que –aunque se detenga
demasiado en la crítica a la Iglesia Católica, en realidad a los representantes
de esta, quienes llevaban, lo que hace también al libro tan contemporáneo, una
vida contraria a los preceptos cristianos– muy bien puede servirnos para
entender que la idea de normal, lo normal, lo que debemos hacer para no
salirnos del camino, no siempre es dictada por la razón, o en todo caso lo es
por una razón pesada, cogida de prejuicios, cansada de decir qué es lo
correcto, confundida a tal punto que es su opuesto, la locura, quien sí sabe
qué hacer.
