Un escrito de Ribeyro -en Prosas apátridas, que termina con la idea: “la información no tiene ningún sentido si no está gobernada por la formación”; y en el que habla de su disipación y de la facilidad con que los medios, en ese momento, 1982, ayudan a su disipación- me llevó a pensar en Heidegger.
Ribeyro dice que es víctima de la facilidad para informarse. Me pregunto qué diría hoy, cuando la información está a un clic de distancia y nosotros, ávidos cliqueros, satisfacemos nuestra necesidad de información en segundos. Y es a esa necesidad de información, de saber, a la que Heidegger se refiere con: “la existencia inauténtica”.
En El ser y el tiempo, Heidegger habla del Dasein, el ser-ahí (Da: ahí, sein, ser). Este dasein o ser-ahí, es el hombre, pero ya no es visto como sujeto de conocimiento, la dicotomía gnoseológica sujeto-objeto, no es la que prima aquí, el Dasein, o el hombre, es visto y entendido como existente, es el ser que está en el mundo, que está arrojado, en estado de yecto, y se pregunta por el “ser”.
Uno de los modos de existencia del hombre es el de: “ser en el mundo”. El hombre está en el mundo arrojado hacia sus posibilidades, hacia el futuro, y en todas sus posibilidades, como alternativas, hay una posibilidad manifiesta, la muerte. Sí, la muerte es la posibilidad de todas las posibilidades y a la vez, la posibilidad que las imposibilita, pues al darse esta posibilidad, obviamente las demás ya son imposibles. La angustia sobreviene cuando el hombre se reconoce como un “ser para la muerte”. Entonces el hombre se pasa la vida escapando de la idea de la muerte y ese huir le lleva a una “existencia inauténtica”, existencia que consiste en escapar de la idea de la muerte, en negarla. Para ello el hombre se esconde en el mundo del anonimato, el mundo pasivo del “se” (la gente “se” muere, son ellos los que “se” mueren,) no se asume la existencia, lo que no se acepta de ella, en primera persona. Pero esconderse en el anonimato significa ponerse bajo el “señorío de los otros”, esto es, bajo el poder de los “otros”. Y lo peor de esta vida inauténtica, de la vida anónima, son los medios de comunicación, la publicidad que disipa, que lleva al consumismo.
Para un mejor comprensión veamos sucintamente tres ideas importantes en Heidegger: “las habladurías”, “la avidez de novedades” y “la ambigüedad”.
“Las habladurías son la posibilidad de comprender todo sin previa apropiación de la cosa”. Con esto Heidegger nos dice que no se comprende aquello de lo que se habla, no se sabe el fondo, sino simplemente se atiende y repite lo que se dice. Este repetir lo que se dice se va ampliando cada vez más y es así como se constituyen las habladurías. Pero este hecho no se limita nada más al habla, también afecta a la escritura. Las “escribidurías” como las llama Heidegger, es aquello que se sabe como lo “leído en alguna parte”. En esta forma de leer no se reconoce lo original de lo que se repite. De esta manera, las habladurías significan comprenderlo todo, lo que se dice y repite se constituye en “sabiduría”, ese manto de opiniones que lo cubren todo, lo explican todo, pero no tienen la fuerza para develar, descubrir la verdad, más bien al contrario, la ocultan. Por eso, con las habladurías ya no hay posibilidad de preguntar.
“La avidez de novedades es en todas partes y en ninguna”. Esto significa el constante querer saber pero sin profundidad, es un constante movimiento sobre las cosas, es un ir a todas partes sin estar en ninguna, es un saber superfluo. Obviamente la avidez de novedades está condicionada por las habladurías, pues éstas dictan qué es lo que se debe saber. Y todo esto nos lleva a la ambigüedad, “allí donde cotidianamente sucede todo y en el fondo nada”, porque todo lo que ocurre no es entendido.
Si, la facilidad que tenemos para informarnos, para formarnos una opinión y además ahora ser agentes de información, nos ha puesto en un mundo en el que todo lo que sucede se conoce sin que se entienda, al menos no en profundidad, con un comprensión cabal que nos permita un análisis de nosotros mismos y de nuestro entorno. Hoy podemos saber lo que ocurre en cualquier parte del mundo y sobre cualquier tema con un clic, lo que no estaría mal si no disipara a las personas, si no trivializara el conocimiento y volviera liviano al entendimiento. Es tanta la información que poseemos que es difícil profundizar, preguntarse, ir más allá. El mundo del anonimato -el mundo en el que todos somos lo mismo, el mundo en el que nos escondemos entre la multitud, la moda y las ofertas de un mall, el mundo de la televisión, del Internet y las redes sociales- se ha ampliado más, se ha convertido en norma, en la forma de vida que nos rige, al punto que el reclamo de Ribeyro, la importancia de una previa y buena formación para informarse, y el análisis de Heidegger sobre la “existencia inauténtica” se hacen necesarios, imprescindibles.